El sábado mi hijo sufrió un desplante importante por parte de otro niño. La formación en valores y su propia autoestima consiguieron que el desplante no llegara a mayores y sólo constituyese una anécdota más en su vida.
Todo el mundo es consciente de que estamos atravesando momentos importantes de cambio. Para algunos “el mundo y los acontecimientos van demasiado aprisa”, para otros “el mundo está loco”, algunos afirman que “el mundo es un lugar peligroso” y otros muchos van más allá diciendo que “todo el mundo es malo hasta que me demuestre lo contrario”. Ninguna de estas aseveraciones es positiva, pero sí resultan bastante peligrosas por nuestra forma de entender el mundo, de cómo funciona y del lugar que ocupamos nosotros dentro de él. Estas afirmaciones hacen que nos identifiquemos como seres vulnerables en un ambiente hostil, donde cualquier modificación de los acontecimientos está fuera de nuestro control. Los efectos de estas letanías “rezadas” un día tras otro son devastadoras. Hacen que acabemos viviéndolas como reales, producen miedo, desesperanza, menoscaban nuestra ilusión, provocan indefensión ante los acontecimientos y producen tristeza y amargura. Nuestra atención se centra en noticias, experiencias, situaciones que confirmen nuestras expectativas –negativas- de cómo funcionan las cosas. Un claro ejemplo es la audiencia que genera la visión del efecto de un tsunami en un telediario, y la poca atención que se presta a la noticia de la construcción de una presa útil para la población. El imprimir una concepción tan poco optimista del mundo y de sus habitantes no sólo afecta a nuestro foco atencional, sino que favorece la creación de todo un repertorio de conductas y actitudes acordes con las expectativas que tenemos del mundo que nos rodea: “…mi vecina es una mala persona”. El cerebro tiene órdenes de reparar solamente en aquellas conductas de mi vecina que confirmen lo que pienso de ella. Si hace algo mal lo achacamos a su forma de ser (variable constante y permanente en su vida), si la conducta que emite no es compatible con lo que pienso de ella –es decir, ha emitido una conducta que entra dentro de mi categoría de “socialmente aceptable”- me inclino a pensar que son las circunstancias las que la obligan a comportarse de esa manera (variable inconstante y ajena a su persona). Con esta expectativa de mi vecina, nunca seré consciente de sus “buenas acciones” y siempre magnificaré su forma de proceder cuando no se corresponda a mi ideal de “buena conducta”.
Cuando buscamos incesantemente confirmar las expectativas negativas que tenemos sobre los demás, sobre otras religiones, sobre otras culturas, sobre otras formas de vivir y entender la vida distintas a las nuestras, cuando intentamos hallar puntos de desencuentro entre nuestras conductas y actitudes y las de los demás, estamos eligiendo centrarnos en aquello que creemos estar viendo, en un claro intento de darnos la razón a nosotros mismos, a costa de lo que sea. Estamos actuando de forma parcial, perdemos objetividad y con ello la posibilidad de ver cómo son las cosas realmente.
Es un hecho que el mundo no es perfecto. Es un hecho que hay individuos cuyo comportamiento no es adecuado e incluso es lesivo para los que le rodean. Es un hecho que en ocasiones las circunstancias no son las que teníamos previstas y nos obligan a hacer cosas con las que no contábamos. Pero es igualmente cierto que el ser humano tiene la capacidad de decidir lo que quiere ver y cómo lo puede integrar en su ideal de vida. Un primer paso para sentirnos mejor es la objetividad. Observar, sin esperar. Analizar, sin enjuiciar. Contrastar, sin entrar en comparaciones. Aprehender, sin faltar a nuestros principios ni expectativas. Examinar y Rehacer nuestros propios conceptos. Poner en tela de juicio nuestros pensamientos. Todo ello ayuda a que nos conozcamos mejor a nosotros mismos y a que entendamos un poco mejor por qué los demás actúan como lo hacen.
El sábado un niño dio un desplante a mi hijo. Descalificó algo que era muy importante para él. Tras unos minutos de reflexión, y sin contestar al otro niño, mi hijo eligió pensar que “ese niño no había probado su juguete y no podía saber si era divertido o no. No sabía por qué había dicho esas palabras, pero tampoco importaba mucho, era su juguete, el que le hacía feliz y del que se sentía tan orgulloso ”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario