La
casa se queda grande. Está demasiado silenciosa. Los horarios quedan en un
segundo plano porque ya no hay tanto trabajo que acometer. Sin obligaciones, el
tiempo libre se convierte en una pesada losa…
La
mujer se enfrenta a la marcha de los hijos del hogar. Experimenta una pérdida
importante en la medida en que ellos han constituido el pilar de su existencia.
Cuanto mayor haya sido la dedicación a su rol de madre, mayores probabilidades
de experimentar con pesar esta pérdida.
Quizá
el factor más relevante es cuando “uno se encuentra consigo mismo”. El cuidado
de los demás implica marcarse diariamente unas tareas, estructurarse tiempos,
ocupar la mente en tareas organizativas. Asumir el cuidado de otros resta
espacio para uno mismo. Máxime si la mujer ha elegido el rol de madre en
detrimento de otros posibles: ser esposa, amiga, vecina, profesional, ….
Después
de varias décadas de sentirse totalmente necesitada, debe enfrentarse a la
situación de “ya no soy necesaria”.
Creencia que aún siendo errónea, es
bastante habitual.
El
entorno se muestra buen entendedor de
su situación y muy acertadamente la recomienda dar paseos, salir con amigas,
dedicar tiempo a estar a solas con la pareja, apuntarse a alguna asociación,
practicar algún hobbie ya olvidado por falta de tiempo… Es cierto que
todas y cada una de estas cosas podrían mantenerla ocupada e incluso poder disfrutar
de ellas acabarían por generar una sensación
de bienestar.
Pero, es además necesaria la “reconstrucción” interna. El tiempo dedicado a los hijos
se ha restado del tiempo dedicado a mirarnos al espejo, a leer novelas, a hacer
cursos de nuestra manualidad favorita, a hacer viajes con la asociación de
vecinos, a ir al gimnasio, a pasar 3 horas seguidas de nuestra vida viendo cine
clásico, a salir a tomar un café nocturno con nuestras amigas, a mantener las amistades,
a tener una cena romántica con la pareja, a ir al concierto de nuestro
cantautor favorito, retomar las noches de pasión y placer disfrutando cada instante de nuestras relaciones sexuales, levantarnos tarde de la cama cuando así nos apetece, ....…; A pensar cómo nos sentimos, a indagar en “cómo nos gustaría sentirnos”; preguntarnos quiénes somos, a respondernos en
quiénes nos hemos convertido; A especular sobre las cosas que tenemos por aprender, a plantearnos qué es lo que
deseamos aprender; A analizar qué cosas
hacemos diariamente, a programarnos qué cosas queremos hacer; A ser conscientes
de qué cosas nos hacen felices y nos hacen vibrar,
a confirmar qué cosas vamos a comenzar a hacer que nos hagan sentir bien; A mirar a nuestro alrededor y ver quién nos
rodea, a descubrir con quién queremos estar; A dejar de estar pendientes de lo
que necesitan los demás para solamente
disfrutar con los demás; A analizar qué necesitamos nosotros y nuestro cuerpo
para sentirnos mejor, a establecer qué cosas comenzamos a hacer para
conseguirlo; A mirar nuestras canas, bolsas y arrugas, a ver solo experiencia y
belleza en ellas…
En
definitiva, a cerrar una etapa y comenzar otra en la que vivir plenamente con
uno mismo, sea el objetivo último y más importante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario