sábado, 14 de julio de 2012

LOS VÍNCULOS AFECTIVOS


Una de las cualidades características del ser humano es su capacidad para formar y mantener relaciones con los demás. Éstas son necesarias para sentirse seguro, amado, valorado, protegido,….

Es durante la infancia y la niñez temprana cuando se desarrollan los “patrones” de comportamiento y de vinculación afectiva con los demás, que acompañarán toda la vida de la persona. Durante estos primeros años de desarrollo evolutivo, el niño es especialmente sensible  a las experiencias que vive. Variables como el afecto, la capacidad de compartir, la empatía, la capacidad de mantener relaciones amorosas estables ya de adultos, se asocian con el hecho de haber aprendido y desarrollado dichos patrones en la primera infancia.

Dentro del desarrollo infantil, hacer referencia al apego, significa hablar de un vínculo afectivo especial y único que se da entre la madre y el niño, o bien entre el cuidador primario y el niño (en los últimos años está tomando protagonismo la idea de la importancia de la figura paterna también como parte imprescindible en el desarrollo afectivo). El apego, para ser considerado como tal, debe constituir una relación emocional mantenida en el tiempo con una persona concreta, debe producir seguridad y bienestar, y la simple amenaza real o imaginada de separación de la persona con la que se ha establecido el vínculo afectivo tiene que ser vivida con ansiedad por parte del niño.

Cuando la relación entre esa persona –figura de apego, de aquí en adelante- y el niño es sólida y saludable, hay una gran probabilidad de que ya en la vida adulta las relaciones que éste desarrolle con otras personas,  sean igualmente satisfactorias y duraderas. Lo contrario también es cierto, una insuficiente relación de apego puede asociarse a la imposibilidad o dificultad de establecer relaciones emocionales estables y positivas en un futuro.

El bebé parece ya nacer con un repertorio de conductas que tienen como finalidad última producir respuestas en sus padres o cuidadores: el bebé succiona, emite sonrisas reflejas, balbucea, llora para solicitar ser atendido y satisfacer alguna necesidad. Con estas conductas el bebé busca la proximidad con su figura de apego, resistiéndose de un modo u otro a la separación.

Ante estas demandas, la figura de apego puede responder de varios modos. Y es precisamente en la consistencia y calidad de asistencia a estas demandas, que se desarrollan diferentes tipos de apego:

- Cuando los cuidadores se muestran sensibles, siempre, a las necesidades del bebé, éste aprende que puede confiar en ellos porque acudirán cuando lo demande. El niño desarrolla, entonces, un estilo de apego seguro. Ya en la etapa adulta, se traducirá  en el hecho de ser un adulto cálido, emocionalmente más estable y con capacidad para mantener relaciones íntimas satisfactorias. Con toda probabilidad será también una persona más positiva, más segura de sí misma y más integrada socialmente hablando.

- Cuando los cuidadores no atienden debidamente las demandas del niño, éste acaba desarrollando un estilo de apego ansioso-evasivo, mostrando un aparente desinterés ante su presencia. Acaban por desarrollar un sentimiento de poca confianza en el hecho de ser ayudados cuando lo necesitan, lo que se traduce, ya en la etapa adulta, en inseguridad y posible rechazo a los demás, miedo emocional a entablar relaciones íntimas y poca seguridad en sí mismos.

- Cuando los cuidadores no atienden de forma consistente a las demandas del bebé o del niño, éste pierde la confianza de que va a ser ayudado. Al separarse de ellos responde con angustia intensa, mezclando comportamientos de apego con otros de enfado o resistencia.  Se desarrolla entonces, un estilo de apego ansioso-ambivalente. En la etapa adulta, pueden mostrarse personas poco seguras de sí mismas, con reivindicaciones constantes para la satisfacción de sus demandas y accesos de ira cuando éstas no son debidamente satisfechas. 

- En la actualidad algunos autores hablan de otros estilos de apego, en referencia a la combinación de los 3 citados anteriormente. 

Y, ¿qué experiencias pueden ayudar al desarrollo de un vínculo afectivo adecuado entre la figura de apego y el niño? Coger al bebé y colocarlo en el hombro, alimentarlo adecuadamente, cantarle, darle besos, mecerlo, hablar en voz baja mientras se le mira detenidamente a los ojos, masajearlo, acariciarlo durante el baño…Y estas conductas deben emitirse de forma consistente.

En los primeros tres años de vida, el cerebro desarrolla el 90% de su tamaño final. Durante este período se desarrollan aquellas estructuras que serán la base del posterior funcionamiento emocional, físiológico, conductual y social hasta el final de la vida. Por ello, es tan importante que el niño desarrolle vínculos afectivos positivos y un patrón de apego saludable en esta primera etapa.  

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