Una
de las cualidades características del ser humano es su capacidad para formar y
mantener relaciones con los demás. Éstas son necesarias para sentirse seguro,
amado, valorado, protegido,….
Es
durante la infancia y la niñez temprana cuando se desarrollan los “patrones” de
comportamiento y de vinculación afectiva con los demás, que acompañarán toda la
vida de la persona. Durante estos primeros años de desarrollo evolutivo, el
niño es especialmente sensible a las
experiencias que vive. Variables como el afecto, la capacidad de compartir, la
empatía, la capacidad de mantener relaciones amorosas estables ya de adultos,
se asocian con el hecho de haber aprendido y desarrollado dichos patrones en la
primera infancia.
Dentro
del desarrollo infantil, hacer referencia al apego, significa hablar de un
vínculo afectivo especial y único que se da entre la madre y el niño, o bien
entre el cuidador primario y el niño (en
los últimos años está tomando protagonismo la idea de la importancia de la
figura paterna también como parte imprescindible en el desarrollo afectivo).
El apego, para ser considerado como tal, debe constituir una relación emocional
mantenida en el tiempo con una persona concreta, debe producir seguridad y
bienestar, y la simple amenaza real o imaginada de separación de la persona con
la que se ha establecido el vínculo afectivo tiene que ser vivida con ansiedad por parte del niño.
Cuando
la relación entre esa persona –figura de
apego, de aquí en adelante- y el niño es sólida y saludable, hay una gran
probabilidad de que ya en la vida adulta las relaciones que éste desarrolle con
otras personas, sean igualmente
satisfactorias y duraderas. Lo contrario también es cierto, una insuficiente
relación de apego puede asociarse a la imposibilidad o dificultad de establecer
relaciones emocionales estables y positivas en un futuro.
El
bebé parece ya nacer con un repertorio de conductas que tienen como finalidad
última producir respuestas en sus padres o cuidadores: el bebé succiona, emite
sonrisas reflejas, balbucea, llora para solicitar ser atendido y satisfacer
alguna necesidad. Con estas conductas el bebé busca la proximidad con su figura de apego, resistiéndose de un
modo u otro a la separación.
Ante estas demandas, la figura de apego puede responder de varios modos. Y es precisamente
en la consistencia y calidad de asistencia a estas demandas, que se desarrollan
diferentes tipos de apego:
- Cuando los cuidadores se muestran sensibles, siempre, a las necesidades del bebé, éste
aprende que puede confiar en ellos porque acudirán cuando lo demande. El niño
desarrolla, entonces, un estilo de apego seguro. Ya en la etapa adulta, se
traducirá en el hecho de ser un adulto
cálido, emocionalmente más estable y con capacidad para mantener relaciones
íntimas satisfactorias. Con toda probabilidad será también una persona más
positiva, más segura de sí misma y más integrada socialmente hablando.
- Cuando los cuidadores no atienden debidamente las
demandas del niño, éste acaba desarrollando un estilo de apego ansioso-evasivo,
mostrando un aparente desinterés ante su presencia. Acaban por desarrollar un sentimiento
de poca confianza en el hecho de ser ayudados cuando lo necesitan, lo que se
traduce, ya en la etapa adulta, en inseguridad y posible rechazo a los demás,
miedo emocional a entablar relaciones íntimas y poca seguridad en sí mismos.
- Cuando los cuidadores no atienden de forma
consistente a las demandas del bebé o del niño, éste pierde la confianza de que va a
ser ayudado. Al separarse de ellos responde con angustia intensa, mezclando
comportamientos de apego con otros de enfado o resistencia. Se desarrolla entonces, un estilo de apego ansioso-ambivalente. En la etapa adulta,
pueden mostrarse personas poco seguras de sí mismas, con reivindicaciones
constantes para la satisfacción de sus demandas y accesos de ira cuando éstas
no son debidamente satisfechas.
- En la actualidad algunos autores hablan de otros estilos de apego, en referencia a la combinación de los 3 citados anteriormente.
Y, ¿qué experiencias pueden ayudar al desarrollo
de un vínculo afectivo adecuado entre la figura
de apego y el niño? Coger al bebé y colocarlo en el hombro, alimentarlo
adecuadamente, cantarle, darle besos, mecerlo, hablar en voz baja mientras se
le mira detenidamente a los ojos, masajearlo, acariciarlo durante el baño…Y
estas conductas deben emitirse de forma consistente.
En los primeros tres años de vida, el cerebro
desarrolla el 90% de su tamaño final. Durante este período se desarrollan
aquellas estructuras que serán la base del posterior funcionamiento emocional,
físiológico, conductual y social hasta el final de la vida. Por ello, es tan
importante que el niño desarrolle vínculos afectivos positivos y un patrón de
apego saludable en esta primera etapa.

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