El término educar puede tener varias acepciones, en función de
cuál sea el objetivo que se pretende conseguir. Lo que parece ser común a cualquiera de ellas, es el hecho de que la
persona que educa está adoctrinando,
encaminando, dirigiendo, perfeccionando o desarrollando ciertas facultades, ya
sean físicas, morales, intelectuales, etc.
Generalmente,
asumimos que la educación sólo se practica sobre los niños –gran error por otro
lado-. Los adultos estamos continuamente en contacto con información nueva,
procedente del exterior. Recibimos información, procesamos aquella que nos
resulta relevante ó útil y transformamos la que ya teníamos anteriormente
alojada en nuestro cerebro en base a los datos nuevos. Somos especialmente “cuidadosos”
de atender a cierta información y de desechar “la que no nos sirve”. Esto es
posible, en parte a la gran cantidad de conocimientos adquiridos a lo largo de
nuestra vida. Estos conocimientos funcionan a modo de “filtro” permitiendo que
ciertas informaciones entren –aquellas
que están dentro de nuestro foco atencional- y además que se interpreten de determinada manera –en función
del valor que demos a la información que hemos dejado pasar-. Todo esto permite
que el adulto esté siempre aprendiendo, e incluso –en muchos casos, que pueda
ser educado en aspectos concretos-.
En el caso de
los niños, existen otras variables implicadas. Hasta los 13 años
aproximadamente, la persona está atravesando el llamado período crítico de aprendizaje. En este período vital, cobran gran importancia los factores
ambientales –tanto biológicos como
sociales-. El niño necesita, por ejemplo, una buena alimentación que ayude a su
cerebro a desarrollarse adecuadamente. También necesita un ambiente que le
proporcione estímulos emocionales, verbales, visuales y auditivos en cantidad
suficiente para permitir que su cerebro desarrolle las conexiones neuronales
apropiadas, que le van a permitir posteriormente tener un aprendizaje normal.
Esto a nivel biológico.
Ahora vamos a
reflexionar sobre la calidad de los
estímulos. Podemos tener a un bebé de 4 meses de edad, dentro de un centro social con muchas
luces, música estridente, gente hablando demasiado alto, humo en el ambiente...
Mucha estimulación, sí, pero ¿de calidad?
El mismo niño
puede estar paseando por el parque. 24º centígrados de temperatura, el sonido de
los patos del estanque cercano, las risas de otros niños, el ruido lejano de coches
circulando… Suficiente estimulación, sí, y de calidad.
Ambas son
fuentes de estimulación, pero el resultado que producen es bien distinto.
En casa podemos
tener juguetes de colores vivos, con luces, sonidos, texturas. Son muy
importantes para el desarrollo psicomotor, la coordinación oculomotora, etc. Si
además la familia comparte estos juegos y sensaciones, estará creando un
importante vínculo afectivo con el niño.
A la hora de
dirigirse al niño cobra especial importancia el tono de voz, las palabras
utilizadas, la postura corporal, la mirada, la sonrisa. Todas ellas forman
parte de la comunicación familiar y dan información sobre el tipo de relación
que mantienen sus miembros. Estas particularidades en la comunicación, unidas
al tipo de vinculación afectiva que se tenga con la familia, serán
determinantes para el desarrollo posterior de las relaciones con el entorno al
llegar a la etapa adulta.
En todo momento,
se están produciendo aprendizajes. La familia, no siempre de forma consciente,
manifiesta conductas, expresa actitudes y comparte vivencias con el niño, que forjan
los pilares de su educación. Resultan, a
la postre, ser la base de nuevos aprendizajes y de nuevas formas de entender e
interpretar el entorno.

Y como los niños, si nuestros jefes se dirigieran a nosotros buscando el estímulo apropiado y controlando las formas... igual también mejoraba un poco nuestro aprendizaje y rendimiento!
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