Viejo
conocido del refranero español. Sus cinco palabras encierran un importante
mensaje.
Desde
hace varios años, la crisis económica es un tema recurrente en los medios de
comunicación, en las tertulias con amigos y vecinos, en las reuniones
familiares. Hablar de desempleo, falta de liquidez, injusticia social,
problemas económicos… acaba por acaparar
las conversaciones y genera cierta sensación de malestar e incertidumbre
personal.
Cuando
esta sensación se mantiene estable en el tiempo (motivada o no, por un problema
económico real), pueden aparecer síntomas como el insomnio, desórdenes alimentarios;
síntomas psicológicos como irritabilidad, desánimo, apatía, falta de ilusión,
desesperanza y síntomas físicos como presión en el pecho, dolor de cabeza, migrañas, etc … Si
los síntomas persisten y se agudizan con el tiempo, es recomendable acudir a un
profesional, porque podríamos estar ante un cuadro de estrés y depresión, que acabarían
comprometiendo el bienestar físico y psicológico de la persona.
¿Qué
podemos hacer para sentirnos mejor?
El
primer paso es enfrentar la situación con actitud positiva. No debemos confundirlo
con negar la realidad. Cuando somos realistas nos mostramos analíticos y críticos con lo que nos rodea, somos
capaces de dar un sentido a lo que percibimos, podemos buscar sus causas,
entender lo que sucede y aceptar las cosas sin caer en dramatismos –nada positivos,
por otro lado-. Mostrar una actitud positiva también influye en nuestras
expectativas sobre cómo irán desarrollándose los acontecimientos. Puede
ayudarnos a tener una visión más optimista y esperanzadora del futuro.
Debemos
evitar pensamientos e ideas de culpabilidad propia o ajena, con respecto a lo
que sucede. Centrarnos en un problema o en quién lo provoca, no mejora nuestra
capacidad de análisis, pero sí puede tener un efecto negativo en nuestro estado
de ánimo.
Para
crear y mantener una sensación de control, podemos definir cuáles son nuestras
prioridades. Una vez las conozcamos, nos propondremos objetivos a conseguir. Deben ser metas realistas, que puedan
realizarse a corto plazo y que den respuesta a nuestras necesidades. Nunca se
deben sopesar objetivos, ni tomar decisiones drásticas “en caliente”, porque pueden no haber sido
suficientemente meditadas y estar influidas por un estado de ánimo negativo. Al
cumplir los objetivos que nos hemos propuesto, mejorará nuestra sensación de control y de
eficacia percibida.
Es
necesario centrarnos en buscar soluciones posibles. Cuando asumimos, conscientemente,
que “esto debe ser así”, nuestro cerebro
se muestra receptivo y se focaliza en todo aquello que sirva a nuestros
propósitos, dejando de lado lo que no nos interesa o lo que pueda suponer un
obstáculo para conseguirlo.
La
red social y familiar es muy importante en todo este proceso, no sólo desde el
punto de vista práctico –por la ayuda que nos puedan brindar- sino por el
sentimiento de arropo y protección que nos transmiten y que acaban por provocar que nuestro estado
de ánimo y nuestra forma de experimentar las situaciones, se tornen más
positivas.
Por
último, resulta muy útil, plantearse que de los momentos de crisis, sean de la
índole que sean, se pueden extraer consecuencias positivas: replantearse la
necesidad de estudiar, de cambiar de trabajo, de definir bien las prioridades,
de modificar las que ya tenemos, de hacer las cosas de otra forma, de indagar
en aquellas habilidades que no sabíamos que teníamos, de perfeccionar las que
ya tenemos, de ampliar nuestros horizontes, etc

No hay comentarios:
Publicar un comentario