martes, 24 de julio de 2012

AL MAL TIEMPO, BUENA CARA


Viejo conocido del refranero español. Sus cinco palabras encierran un importante mensaje.

Desde hace varios años, la crisis económica es un tema recurrente en los medios de comunicación, en las tertulias con amigos y vecinos, en las reuniones familiares. Hablar de desempleo, falta de liquidez, injusticia social, problemas económicos… acaba por acaparar  las conversaciones y genera cierta sensación de malestar e incertidumbre personal.

Cuando esta sensación se mantiene estable en el tiempo (motivada o no, por un problema económico real), pueden aparecer síntomas como el insomnio, desórdenes alimentarios; síntomas psicológicos como irritabilidad, desánimo, apatía, falta de ilusión, desesperanza y síntomas físicos como presión en el pecho,  dolor de cabeza, migrañas,  etc …  Si los síntomas persisten y se agudizan con el tiempo, es recomendable acudir a un profesional, porque podríamos estar ante un cuadro de estrés y depresión, que acabarían comprometiendo el bienestar físico y psicológico de la persona.

¿Qué podemos hacer para sentirnos mejor?

El primer paso es enfrentar la situación con actitud positiva. No debemos confundirlo con negar la realidad. Cuando somos realistas nos mostramos  analíticos y críticos con lo que nos rodea, somos capaces de dar un sentido a lo que percibimos, podemos buscar sus causas, entender lo que sucede y aceptar las cosas sin caer en dramatismos –nada positivos, por otro lado-. Mostrar una actitud positiva también influye en nuestras expectativas sobre cómo irán desarrollándose los acontecimientos. Puede ayudarnos a tener una visión más optimista y esperanzadora del futuro.

Debemos evitar pensamientos e ideas de culpabilidad propia o ajena, con respecto a lo que sucede. Centrarnos en un problema o en quién lo provoca, no mejora nuestra capacidad de análisis, pero sí puede tener un efecto negativo en nuestro estado de ánimo.

Para crear y mantener una sensación de control, podemos definir cuáles son nuestras prioridades. Una vez las conozcamos, nos propondremos objetivos a conseguir.  Deben ser metas realistas, que puedan realizarse a corto plazo y que den respuesta a nuestras necesidades. Nunca se deben sopesar objetivos, ni tomar decisiones drásticas  “en caliente”, porque pueden no haber sido suficientemente meditadas y estar influidas por un estado de ánimo negativo. Al cumplir los objetivos que nos hemos propuesto,  mejorará nuestra sensación de control y de eficacia percibida.

Es necesario centrarnos en buscar soluciones posibles. Cuando asumimos, conscientemente, que “esto debe ser así”,  nuestro cerebro se muestra receptivo y se focaliza en todo aquello que sirva a nuestros propósitos, dejando de lado lo que no nos interesa o lo que pueda suponer un obstáculo para conseguirlo.

La red social y familiar es muy importante en todo este proceso, no sólo desde el punto de vista práctico –por la ayuda que nos puedan brindar- sino por el sentimiento de arropo y protección que nos transmiten  y que acaban por provocar que nuestro estado de ánimo y nuestra forma de experimentar las situaciones, se tornen más positivas.

Por último, resulta muy útil, plantearse que de los momentos de crisis, sean de la índole que sean, se pueden extraer  consecuencias positivas: replantearse la necesidad de estudiar, de cambiar de trabajo, de definir bien las prioridades, de modificar las que ya tenemos, de hacer las cosas de otra forma, de indagar en aquellas habilidades que no sabíamos que teníamos, de perfeccionar las que ya tenemos, de ampliar nuestros horizontes, etc   

No hay comentarios:

Publicar un comentario