“Nadie sabe de lo que es capaz, hasta que lo
intenta”
Charles
Dickens
La corteza prefrontal o córtex
prefrontal se encuentra situado en la parte anterior de los lóbulos frontales
de nuestro cerebro. Esta región cerebral está directamente implicada en
funciones ejecutivas, como la planificación, los procesos de toma de
decisiones, la expresión de la personalidad y la adecuación de nuestro
comportamiento a las exigencias sociales.
Esta parte del cerebro trabaja
para que el individuo pueda diferenciar entre el bien y el mal, sea capaz de prever
cuáles podrían ser las consecuencias si emite una conducta determinada, puede
planificar los pasos a dar para conseguir un objetivo establecido, es capaz de
crear unas expectativas, inhibe comportamientos impulsivos no adaptativos y en
general, “regula el comportamiento a realizar por el individuo siguiendo un
plan”.
Estas funciones ejecutivas,
junto con el lenguaje, son las que nos hacen diferentes de los animales. El ser
humano tiene la capacidad de “decidir”, “reflexionar”, “planear”, “dirigir”, “visualizar”,
y un largo etcétera…. El cerebro está preparado para ello, sólo hay que ponerlo
en marcha. Y el primer paso es la intención –consciente
o inconsciente- de que empiece a funcionar, y de cómo queremos que funcione.
“Un coche puede estar en perfecto estado, pero si no introducimos la llave de
contacto y la giramos, el coche no arrancará. Una vez encendido y ya
conduciendo, también decidimos cómo queremos conducir, corriendo más o yendo
más despacio, cumpliendo las normas o saltándonos los semáforos…”. Con el cerebro
pasa algo parecido. Lo ponemos en marcha, intentamos ser conscientes de que
estamos utilizando las capacidades que posee y lo dirigimos hacia lo que
deseamos conseguir. Tenemos la INTENCIÓN de conseguir que funcione de una forma
determinada y que eso se traduzca en los resultados esperados.
Cuando de forma consciente o
no consciente tenemos pensamientos positivos, expectativas, ilusión,… la zona
prefrontal de nuestro cerebro activa aquellos procesos atencionales que hacen
que focalicemos todos nuestros esfuerzos –ahora conscientes- en aquello
relativo a lo que pensamos, sin reparar siquiera en aquello que pueda
obstaculizar su consecución. Imaginemos por un momento que deseo y tengo la intención de encontrar la
solución a un problema dado. De forma quizá no consciente, le estoy dando
información a mi cerebro para que se focalice sólo en aquellas ideas, estímulos o informaciones del exterior que
puedan ayudarme a conseguir resolver mi problema. Y mi cerebro hará lo que le
pido: se mostrará receptivo a todo lo que me pueda ser de utilidad, sin
percatarse de otras cosas que me distraigan o que vayan en sentido opuesto a lo
que quiero conseguir. “Pongo a mi cerebro en modo automático” para ser
consciente de lo que necesito y una vez tengo esa información, emito una serie
de conductas que me llevarán a conseguir el resultado esperado.