Las emociones son estados
afectivos, que resultan de una reacción subjetiva al ambiente. Al experimentar
una emoción se producen una serie de
cambios orgánicos en nuestro organismo. Cuando éste se siente amenazado, bien de forma
física o psicológica, las emociones intervienen para restablecerlo, ejerciendo
un papel adaptativo.
Sin embargo, en algunas
ocasiones, las emociones influyen en la aparición de enfermedades y es entonces
cuando dejan de ser adaptativas para el organismo.
Que las emociones actúen en uno u
otro sentido, va a depender de la evaluación
que el individuo haga del estímulo que amenaza su equilibrio, pero también de
la respuesta que emita para
enfrentarse a dicho estímulo.
La salud está compuesta por una serie de factores biológicos, psicológicos
y sociales interdependientes entre sí, por eso se puede decir que el individuo
sano es aquel que lo está en todos los sentidos. De esta interdependencia ya hablaban los
antiguos griegos: “Las enfermedades son
consecuencia de un desequilibrio de los humores internos, que puede ser
restablecido con buena alimentación y con reposo del cuerpo y del espíritu” Hipócrates,
(460-370 a.C). Hoy en día la ciencia que estudia la relación mente-cuerpo es la
Psiconeuroinmunología, campo interdisciplinar que estudia la relación entre el
cerebro y los sistemas homeostáticos del organismo (sistemas nervioso, inmunológico
y neuroendocrino), y cuyos hallazgos están teniendo importantes implicaciones
clínicas.
Y una de las formas en las que la
psique influye en el cuerpo es precisamente a través de las emociones. Emociones positivas (como la alegría, el buen humor, el optimismo, la
satisfacción) previenen la aparición de ciertas enfermedades, o nos ayudan a
sobrellevarlas mejor facilitando nuestra
recuperación.
Por el contrario las emociones
negativas (tristeza, ansiedad, ira) favorecen la aparición y mantenimiento de
enfermedades al hacer más vulnerable nuestro sistema inmunológico
neuroendocrino.