“Es Junio. Hace una semana recibí una
carta en la que se anunciaba mi despido –improcedente, pero despido en
definitiva-. La situación económica es delicada y soy plenamente consciente de
ello. Estos días he estado pensando detenidamente en ello y he tomado una
decisión…”
Se acaba de presentar una situación
adversa. Un contratiempo que rompe con la estabilidad de la persona. La
circunstancia se ve agravada por el factor “sorpresa”, la persona no contempla
en su esquema mental la posibilidad de
un cambio vital externo que pueda afectar de forma tan inmediata. Y Sin embargo,
sabe que debe enfrentarse a ello.
La primera reacción puede ser la
incredulidad: “Esto no me puede pasar a
mí”, después la duda: “¿Pero qué he
hecho yo para que me ocurra esto?”, la incertidumbre: “¿Y qué voy a hacer ahora?”, el miedo: “¿Y qué va a ser de mí de aquí en adelante?”, la desesperanza: “Tal y como está la situación no creo que
encuentre trabajo fácilmente”. Todas y cada una de estas
preguntas/afirmaciones no dejan indiferente a nuestro cerebro.
Es frecuente experimentarlas en un primer
momento, y si se mantienen en el tiempo pueden provocar que la persona
desarrolle emociones negativas, muestre conductas poco adaptativas y tenga actitudes
demoledoras.
Imaginemos ahora la misma situación, pero
desde otra perspectiva. Éstas pueden ser algunas afirmaciones que se hace la
persona: “El despido me ha pillado por sorpresa”, “Imagino que se debe a la
situación financiera de la empresa”, “Empiezo lo antes posible a buscar otro
empleo”, “Las cosas están complicadas, pero tengo formación y experiencia y eso
es muy importante”…Tampoco ninguna de estas afirmaciones deja indiferente al
cerebro. Sólo que en este caso, las “órdenes” recibidas a través del
pensamiento son positivas –sin dejar de ser realistas-. Comienzan a ponerse en
marcha algunos procesos cognitivos, que unidos a las acciones de la persona, aumentan la probabilidad de variar su
situación actual:
“Intención”: la persona se PROPONE buscar
un empleo. Implica el comienzo de una acción.
“Atención”: el foco atencional se estrecha
y la persona sólo se centra en la búsqueda de empleo. Ésta se vuelve más eficaz
porque existe una orientación selectiva hacia aquellas informaciones o
situaciones que pueden ser provechosas para cambiar la situación. La persona está
alerta al entorno que la rodea.
“Motivación”: Directamente relacionada con
las dos anteriores. Existe una necesidad que debe ser satisfecha, encontrar un empleo. La persona pone en marcha
acciones que den lugar a resultados.
“Emociones positivas”: Actúan de dos
maneras; 1) Empujan a que la persona se muestre optimista, activa, esperanzada
y tenga expectativas de éxito y 2) Se traducen en actitudes positivas que son
captadas por el entorno de la persona, que responde de modo receptivo a las
necesidades de ésta.
De nuevo, vuelve a quedar patente la importancia
de los pensamientos y las emociones en la dirección de nuestra atención y en
último término de nuestras conductas.
Es evidente que actitudes positivas trabajan para resultados de éxito..
ResponderEliminarSoy coach y entiendo perfectamente el planteamiento. En realidad lo que pensamos está directamente relacionada con lo que sentimos y esto acaba demostrandose en nuestros actos. Así que pensar en positivo no solo es muy beneficioso para nosotros si no que es imprescindible para superar cualquier situación adeversa. Lo explicas genial!
ResponderEliminarUn saludo,
Trini
http://yoadoroviajar.blogspot.com