Resulta innegable el hecho de que las emociones son una parte muy importante de la psique y del comportamiento del ser humano. Ahora bien, a lo largo de los años, y en función de unas u otras corrientes de Psicología, las atribuciones que se han dado a las emociones han sido bien distintas.
Mientras que freudianos y conductistas afirman que la emoción determina el pensamiento, los cognitivistas apuestan por la hipótesis de que es el pensamiento el que guía a la emoción. Ambas posturas son irreconciliables y claramente opuestas. Ya en el siglo XXI, es necesario plantearse una postura a medio camino entre unos y otros, e identificar cuándo la emoción determina el pensamiento y al contrario, en qué condiciones el pensamiento determina la emoción.
Hay evidencias sobradas de que las emociones pueden generarse a partir de la cognición. Pensar en la muerte de un ser querido nos puede generar angustia y tristeza, mientras que pensar en un posible ascenso en el trabajo hace que experimentemos cierto regocijo y satisfacción. Estos estados de ánimo son fruto de los pensamientos que tenemos y para entender por qué sentimos lo que sentimos en un momento dado, debemos analizar qué pensamiento/s ha/n sido el/los desencadenante/s.
Ahora bien, lo anterior no está reñido con el hecho de que las sensaciones que experimentamos puedan ser la reacción automática a estímulos del exterior. Tomar una bebida muy fría en una calurosa tarde de verano, una ducha de agua caliente, el sol en la cara en invierno,…nos hacen sentir bien y esto también puede desencadenar emociones positivas como el placer de los sentidos. Por el contrario, una superficie muy caliente bajo nuestros pies, un dolor agudo de estómago después de una comida copiosa, escuchar una noticia trágica en el telediario,…provocan sensaciones desagradables que pueden convertirse en emociones negativas como la repulsa o la tristeza. Y en ambos casos, para que se desencadene una emoción no se hace preciso el pensamiento.
La Psicología del siglo XXI continúa haciéndose eco de la importancia de las emociones en la vida psicológica del individuo, pero cambia la diana. Emociones como la tristeza dejan paso a otras como la felicidad, la sensación de bienestar y el optimismo. Independientemente de su origen.
La Psicología del siglo XXI continúa haciéndose eco de la importancia de las emociones en la vida psicológica del individuo, pero cambia la diana. Emociones como la tristeza dejan paso a otras como la felicidad, la sensación de bienestar y el optimismo. Independientemente de su origen.