Mientras monto en bicicleta, llevo las manos
colocadas en el manillar y la vista al frente. No me hace falta pensar cómo voy
a mover mis manos, éstas se dirigen automáticamente hacia el mismo sitio hacia
donde miro. Porque es hacia donde voy…
Este
hecho resulta tan obvio que pasa inadvertido. Lo mismo sucede con una buena
parte de nuestras conductas y acciones. Se dirigen automáticamente hacia donde
queremos ir –o hacia donde estamos
mirando-. Esto es comprensible,… y será positivo siempre y cuando la
dirección hacia la que nos dirijamos sea la adecuada. Pero no siempre es así.
Pensemos
en varios ejemplos algo burdos: La tasa
de natalidad en España es bastante baja, sin embargo nada más quedarme
embarazada comienzo a ver por todas partes
mujeres en mi mismo estado; Acabo de adquirir un coche de un amarillo
serie limitada, recuerdo haber visto sólo un par de vehículos del mismo color
antes. Un mes después de salir con mi coche del concesionario me doy cuenta de que tras mi compra he visto
casi a diario algún coche del mismo color que el mío; Acaban de diagnosticarme
una dolencia de la que no había oído hablar nunca. Cuando lo hablo con mis
allegados todos me dicen que conocen a alguien que sufre la misma dolencia…
¿Casualidad?
¿Prodigio? La explicación es bastante más sencilla. Cuando el individuo se
encuentra interesado en algo –por necesidad o mera proximidad- se estrecha su
foco atencional y deja de atender a otros estímulos externos no coincidentes
con su “interés”.
Si,
por ejemplo, la persona necesita
resolver un problema suceden tres cosas: 1) de forma automática el cerebro
comienza a repasar toda la información latente de la que dispone el individuo y
que sea relevante para el problema, haciéndola además aflorar a estadios
conscientes para su procesamiento; 2) al estrechar el foco atencional, la
persona sólo captará del exterior aquella información que le sirva para
resolver el problema planteado y 3) comenzará el procesamiento, análisis y
tratamiento de la información recibida para lograr encontrar la solución.
Todo
ello pone de manifiesto la importancia que tiene elegir adecuadamente qué es lo
que nos interesa –desechando lo que pueda resultar nocivo o no adaptativo-. Necesitamos
centrarnos (voluntaria o involuntariamente) en pensamientos e ideas que
resulten constructivos y que puedan ayudarnos a poner en marcha otros procesos
cognitivos acordes y necesarios para nuestro momento vital.