Las personas formamos parte de
asociaciones, participamos en grupos, en actividades deportivas, culturales o
recreativas, etc como herramienta para satisfacer una de las necesidades más
importantes del ser humano, que es la de afiliación y afecto por parte de los
demás. Necesitamos sentirnos aceptados e integrados dentro de un “grupo” social
para estar bien y experimentar sensación de pertenencia.
Esto guarda una estrecha relación con la
necesidad de estima (tanto de la imagen y concepto que tenemos de nosotros
mismos, como del que tienen los demás acerca de nuestra persona).
Si nos sentimos competentes, confiamos en
nuestra valía y capacidad de logro, en nuestros atributos tanto físicos como
psicológicos … etc, es más que probable que la relación con nuestro entorno sea
satisfactoria.
Por el contrario, si el concepto y
valoración de nosotros mismos y el conjunto de nuestras capacidades no es
positivo –o suficiente para hacernos
sentir bien- la relación con los demás puede verse afectada negativamente:
mientras que algunas personas optarán por el aislamiento social por miedo al
rechazo, otras buscarán compulsivamente la aprobación del grupo.
Nuestra
interacción con los demás está supeditada a la búsqueda de atención, de aprecio,
de reconocimiento, de estatus…, pero si no tenemos un “buen” concepto de
nosotros mismos, esa será la imagen que proyectemos al exterior, y por tanto
esa será la respuesta que obtendremos de los que nos rodean. Es el caso de las
personas con una autoestima baja, que pueden acabar desarrollando cierto complejo de inferioridad, reforzado por
las personas de su entorno laboral y personal.
La búsqueda de aprobación es positiva,
siempre y cuando no se convierta en una necesidad. Cuando la persona con una
baja autoestima necesita de la aprobación del grupo para sentirse bien, puede exhibir
conductas exageradas que en nada ayudan a que se sienta mejor, ni provocan una
respuesta satisfactoria por parte del grupo: ser demasiado amable; no saber
decir “no” a las demandas de los demás; mostrar conformidad con todas las
actitudes de los demás para “no llevar la
contraria”; cambiar puntos de vista propios para agradar; adular para
conseguir el afecto de los demás; exhibir un comportamiento contrario a los
ideales personales para ser aceptado en el grupo; buscar continuamente un
consenso fingido para evitar
confrontaciones, etc . Ninguna de estas conductas consigue el objetivo último
de hacer que la persona con baja autoestima se sienta mejor, porque realmente
resultan artificiales para los demás y no reconfortan a la persona, que
interiormente, sigue sin aceptarse a sí misma. Muy por el contrario, se puede
caer en una espiral de pesimismo y decepción cuando se hace patente que esta
necesidad de aprobación no sólo no sirve para alcanzar el objetivo deseado,
sino que además perpetúa la baja autoestima –la persona sabe que sus
comportamientos son fingidos, están esculpidos
según la percepción que tiene de lo que demanda la situación y resultan alienantes porque no representan
cómo es ni cómo se siente interiormente.
Cuando la necesidad de aprobación domina la
totalidad de las interacciones sociales, la persona se vuelve especialmente
sensible a lo que los demás puedan decir sobre su aspecto físico, rendimiento
laboral, competencia familiar y personal. Algunas personas pueden acabar
desarrollando fobia social, caracterizada por experimentar ansiedad y temor
intenso y continuo a relacionarse con personas que no estén en el entorno
habitual y el miedo puede acabar provocando la automarginación en los contactos
sociales.
Sentir que los demás nos aprueban en una
necesidad básica del ser humano. Pero antes de buscar la aprobación por parte
de los demás, es necesario que estemos conformes con nosotros mismos. La
primera regla será buscar qué concepto tenemos de nosotros mismos y para ello
podemos indagar en: Qué partes de
nuestro físico nos satisfacen; Cuáles son susceptibles de mejora; Qué
competencias tenemos; Cuáles son nuestros puntos fuertes y en Qué áreas; Cómo nuestros actos son acordes al entorno en
el que nos movemos pero sin tener que renunciar a nuestros valores o actitudes,
etc. Analizarnos de forma objetiva puede ser el primer paso para comenzar a
aceptarnos. Este análisis también permite identificar cuáles son las áreas que
pueden ser mejoradas, y ayuda a decidir
por “dónde y en qué dirección” iniciar
el cambio.
Si no podemos hacerlo solos, siempre
podemos contar con la ayuda de un profesional, que nos entrene en Habilidades
Sociales, técnicas de mejora de la Autoestima, o tratamiento de la fobia
social.
Muy buena entrada.
ResponderEliminarLa mayoría de personas buscan la aprobación en el exterior y grave error. La aceptación siempre radica desde el interior. Por eso, como tu bien dices, para conseguirla, se unen a grupos y así un largo etc.
Un abrazo!
Yolanda.
En efecto, ocurre así. Además se da el gran error de pensar y creer que si los demás nos aceptan, nosotros tendremos un mejor concepto de sí mismos. El inicio está en lo que cada cual piensa de sí mismo,porque es lo que acaba proyectando a los demás. Si yo me acepto, los demás me aceptan. Ese es el verdadero orden de las cosas.
EliminarUn abrazo
Susana