Anoche mientras celebrábamos un cumpleaños,
entre un bocado y el siguiente, L. me contaba el caso de M., una niña de 6
años, muy delgada, de semblante triste y poco habladora. Los zapatos algo
grandes y la falda demasiado estrecha. Corría todo el rato tras dos niñas, que monopolizaban
la dirección del juego. Cuando algún adulto se dirigía a ella se limitaba a
mirar, sin decir nada, y volvía inmediatamente con las compañeras de juego.
El
caso de M. es bastante habitual, pero no por ello resulta menos dramático. En
su casa recibe los cuidados básicos necesarios de cualquier niño: alimento,
abrigo, cobijo…, pero se echan en falta otros: atención, tiempo compartido en
familia, normas de convivencia, demostraciones de afecto, educación afectiva…
Los niños necesitan experimentar que se les
atiende, se les protege y se les educa en un ambiente de cuidado emocional y
afecto, es así como adquieren su autoestima y la seguridad que necesitan para
conseguir su autonomía personal. Ser afectivos no significa ser permisivos,
excesivamente tolerantes o sobreprotectores. El niño se sentirá querido aún
cuando le sean impuestas normas o sea reprendido si no las cumple, siempre y
cuando se compatibilice la disciplina con señales de cariño manifiesto. El niño
necesita retroalimentación a sus conductas: que se premien sus logros y
esfuerzos, las conductas adecuadas al contexto, y por el contrario, que sean
sancionadas aquellas otras inadecuadas o nocivas para él.
En
el hogar deben existir unos criterios y valores, sobre los que asentar unas
normas. Es necesario que el niño sepa que irse
a dormir pronto a la cama tiene como finalidad el descanso físico y mental,
que lavarse los dientes tras cada comida evitará
problemas dentales, que sentarse correctamente
a la mesa es parte de unos hábitos alimenticios adecuados, que decir
NO a un capricho poco útil u oportuno a su edad es aprender a diferenciar
lo necesario y conveniente de lo que no lo es y nada tiene que ver con los
sentimientos hacia el otro, … que verbalizar
un” te necesito”, un “te quiero”, un “estoy orgulloso de ti” sirve para
manifestar lo que sentimos hacia la otra persona e indirectamente para orientarle
en la dirección que debe seguir…
Y
en todo este proceso, los padres debemos actuar como modelos, practicando la
coherencia entre las normas que imponemos al niño y nuestra forma de vida. ¿Cómo prohibir a un adolescente fumar si
nosotros fumamos dos cajetillas diarias?, ¿Qué mejor forma de introducir a
nuestro hijo en el apasionante mundo de la lectura que yéndonos a dormir cada
noche con un libro en la mano?
Con
la educación afectiva ocurre algo similar. El padre y la madre, como primeros y
más decisivos agentes sociales debemos dar
ejemplo y servir de modelos de
conducta a partir de la expresión de nuestras emociones y sentimientos.
Habilidades
como el control de las emociones, mostrar una actitud empática hacia los demás
o manifestar una actitud positiva hacia el mundo y las cosas, son parte de lo
que se denomina como Inteligencia
Emocional. Poseer estas habilidades ayuda a prevenir la aparición de conductas
violentas y evita más de un conflicto interpersonal debidos a la falta de
control de impulsos.
La
afectividad, las emociones y los sentimientos son parte de nuestra naturaleza y
desempeñan un papel importante en nuestra vida: la tristeza, por ejemplo, es
una forma de expresar dolor y de pedir ayuda; con la ira, expresamos nuestro malestar hacia algo o alguien; con la alegría manifestamos nuestra
satisfacción; con las rabietas demostramos
nuestra insatisfacción y frustración, etc. Las emociones resultan necesarias,
pero sin la educación afectiva adecuada, pueden dispararse en momentos
determinados y escapar a nuestro control.
Educar
la afectividad debe ser un acto espontáneo y natural, un proceso continuo y
permanente que complemente la maduración cognitiva del niño y que posibilite el
desarrollo integral de su personalidad. Debe abarcar actitudes positivas ante
la vida, habilidades sociales, actitudes empáticas, etc, que posibiliten el desarrollo de su bienestar
personal, físico y social y el aprendizaje de una forma de expresión y contacto
con el mundo exterior.
Educar la afectividad debe convertirse en un área más sobre el que incidir en la hermosa y nada sencilla tarea de hacer de nuestros hijos unos seres más completos, adaptados y felices.
Educar la afectividad debe convertirse en un área más sobre el que incidir en la hermosa y nada sencilla tarea de hacer de nuestros hijos unos seres más completos, adaptados y felices.
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