miércoles, 1 de agosto de 2012

EDUCACIÓN AFECTIVA


         
Anoche mientras celebrábamos un cumpleaños, entre un bocado y el siguiente, L. me contaba el caso de M., una niña de 6 años, muy delgada, de semblante triste y poco habladora. Los zapatos algo grandes y la falda demasiado estrecha. Corría todo el rato tras dos niñas, que monopolizaban la dirección del juego. Cuando algún adulto se dirigía a ella se limitaba a mirar, sin decir nada, y volvía inmediatamente con las compañeras de juego.

El caso de M. es bastante habitual, pero no por ello resulta menos dramático. En su casa recibe los cuidados básicos necesarios de cualquier niño: alimento, abrigo, cobijo…, pero se echan en falta otros: atención, tiempo compartido en familia, normas de convivencia, demostraciones de afecto, educación afectiva…

 Los niños necesitan experimentar que se les atiende, se les protege y se les educa en un ambiente de cuidado emocional y afecto, es así como adquieren su autoestima y la seguridad que necesitan para conseguir su autonomía personal. Ser afectivos no significa ser permisivos, excesivamente tolerantes o sobreprotectores. El niño se sentirá querido aún cuando le sean impuestas normas o sea reprendido si no las cumple, siempre y cuando se compatibilice la disciplina con señales de cariño manifiesto. El niño necesita retroalimentación a sus conductas: que se premien sus logros y esfuerzos, las conductas adecuadas al contexto, y por el contrario, que sean sancionadas aquellas otras inadecuadas o nocivas para él.

En el hogar deben existir unos criterios y valores, sobre los que asentar unas normas. Es necesario que el niño sepa que irse a dormir pronto a la cama tiene como finalidad el descanso físico y mental, que lavarse los dientes tras cada comida evitará problemas dentales, que sentarse correctamente a la mesa es parte de unos hábitos alimenticios adecuados,  que decir NO a un capricho poco útil u oportuno a su edad es aprender a diferenciar lo necesario y conveniente de lo que no lo es y nada tiene que ver con los sentimientos hacia el otro, … que verbalizar un” te necesito”, un “te quiero”, un “estoy orgulloso de ti” sirve para manifestar lo que sentimos hacia la otra persona e indirectamente para orientarle en la dirección que debe seguir…

Y en todo este proceso, los padres debemos actuar como modelos, practicando la coherencia entre las normas que imponemos al niño y nuestra forma de vida. ¿Cómo prohibir a un adolescente fumar si nosotros fumamos dos cajetillas diarias?, ¿Qué mejor forma de introducir a nuestro hijo en el apasionante mundo de la lectura que yéndonos a dormir cada noche con un libro en la mano?  

Con la educación afectiva ocurre algo similar. El padre y la madre, como primeros y más decisivos agentes sociales  debemos  dar  ejemplo  y servir de modelos de conducta a partir de la expresión de nuestras emociones y sentimientos.

Habilidades como el control de las emociones, mostrar una actitud empática hacia los demás o manifestar una actitud positiva hacia el mundo y las cosas, son parte de lo que se denomina como Inteligencia Emocional. Poseer estas habilidades ayuda a prevenir la aparición de conductas violentas y evita más de un conflicto interpersonal debidos a la falta de control de impulsos. 

La afectividad, las emociones y los sentimientos son parte de nuestra naturaleza y desempeñan un papel importante en nuestra vida: la tristeza, por ejemplo,  es una forma de expresar dolor y de pedir ayuda; con la ira, expresamos nuestro malestar hacia algo o alguien; con la alegría manifestamos nuestra satisfacción; con las rabietas demostramos nuestra insatisfacción y frustración, etc. Las emociones resultan necesarias, pero sin la educación afectiva adecuada, pueden dispararse en momentos determinados y escapar a nuestro control.

Educar la afectividad debe ser un acto espontáneo y natural, un proceso continuo y permanente que complemente la maduración cognitiva del niño y que posibilite el desarrollo integral de su personalidad. Debe abarcar actitudes positivas ante la vida, habilidades sociales, actitudes empáticas, etc,  que posibiliten el desarrollo de su bienestar personal, físico y social y el aprendizaje de una forma de expresión y contacto con el mundo exterior. 


    Educar la afectividad debe convertirse en un área más sobre el que incidir en la hermosa y nada sencilla tarea de hacer de nuestros hijos unos seres más completos, adaptados y felices.



No hay comentarios:

Publicar un comentario